Bloggers que nos inspiran: Laura Fernández de Meridiano 180

Laura Fernández es una de las bloggers que nos inspiran. Periodista y viajera, comenzó con su blog de viajes allá por 2009: Meridiano 180. En él nos cuenta sus experiencias viajeras y comparte conocimientos y curiosidades sobre diferentes aspectos relacionados (muy recomendable el post de “Consejos para dormir en un aeropuerto»), siempre con un tono súper divertido como marca de autora.

 

Ahora, además de a Meridiano 180, ha dedicado sus horas a la versión digital de la sección de viajes de National Geographic y a la Conde Nast Traveler. Además colabora en la sección de viajes de la revista Divinity y es redactora de Escapada Rural.

 

¿Qué fue primero: tu vocación como periodista o tu vocación viajera? ¿Cómo llegas a combinar ambas vocaciones para hacer de ellas tu medio de vida?

 

Empecé a viajar antes que a escribir, así que supongo que la viajera. Ambas cosas las tenía muy claras desde pequeña, aunque no las uní hasta hace unos cinco años, cuando comencé a publicar en revistas. Cómo combinarlas es una pregunta que todavía hoy me hago. Ser freelance es complicado y, cuando eres periodista de viajes, los viajes pasan a ser un: “¿Esto lo pondré vender?”, “Mmm ¿Este destino estará muy publicado?”.

 

Luego llega la parte de intentar vender el tema y vivir frente al mail mientras le das a refrescar en bucle.

Los mejores recuerdos son la gente que conoces y te ayudan sin esperar nada a cambio.

Viajar es vivir muchas vidas en una

Comentas que tu afición viajera viene casi desde antes de nacer. ¿Cuál fue ese primer viaje que te marcó?

 

Creo que todos los viajes, por pequeños que sean, te marcan. Aunque de los que más me acuerdo es de los largos viajes en coche de Asturias a Almería cuando mi hermana y yo éramos pequeñas, lo cierto es que el que más me hizo espabilar fue mi primer viaje fuera de España.

 

Yo sólo tenía 8 años y me fui sola a casa de una familia irlandesa a aprender inglés durante un mes. Me acuerdo que la noche antes estaba muy nerviosa, pero me embargaba la ilusión. Me pasé toda la noche malísima. Mi madre pensó que, como el resto de niños de esa edad, seguramente fuera porque no quería irme. “Quédate si quieres”. ¿Cómo? ¿Qué me quede? ¡Si nada en ese momento me hace más ilusión! Así que me fui tan contenta como me iría hoy.

 

Aprendí poco inglés, la verdad, pero fue una experiencia increíble. Tanto que, un año después, volvía a estar en casa de los Anderson. Y eso que yo seguía sin entenderles nada. ¡El irlandés es muy complicado!

 

 

En tu blog hablas de tu experiencia en Gambia, de cómo allí apenas existe el tiempo ni el espacio; de las sonrisas de la gente y de la precariedad en la que viven. Comentas en otro de tus post, que ese viaje te mostró otra visión de la vida. ¿Qué aprendiste de esa experiencia?

 

Que el ser humano tiene una capacidad de adaptación increíble. Ese fue uno de los viajes más duros que hice, pues quisimos vivirlo como lo harían los locales. Aprendí a tener paciencia: allí los autobuses no arrancaban hasta que se llenasen (quizá tres horas más tarde, a pleno sol y llenos de moscas). También a confiar. En Gambia todos se acercan para conocerte y ayudarte, nadie quiere timarte, aunque te los encuentres de noche a oscuras (allí no hay muchas luces) en un callejón. Lo más seguro es que quieran saber tu nombre y a dónde te diriges, por si pueden indicarte.

 

Y a sentirme muy afortunada. Tú vida está totalmente condicionada por dónde naces. Allí me creía muy feliz sin nada, porque realmente todo lo material que tenemos en nuestra vida no lo necesitamos. Sin embargo, es muy duro ver cómo en algunas aldeas del interior pasan hambre, viven hacinados en casas de adobe y tienen que recorrer kilómetros para ir a la escuela y conseguir agua. Es muy triste, aunque a ellos siempre les verás con una sonrisa y, sin tener nada, querrán dártelo todo. Son gente muy cariñosa y risueña. 

Cuando viajas todo se vive muy intensamente

En uno de tus post comentas que “viajar sola es no estar nunca sola”. ¿Cuáles son tus mejores recuerdos viajando sola?

 

De hecho, cuesta tanto estar sola cuando viajas que, uno de los días que realmente necesitaba estarlo, me tuve que meter en el cine para que nadie me hablase. Es muy curioso porque, cuando viajas por el Sudeste Asiático, todo el rato te vas encontrando a la misma gente, sin planearlo. Hubo amigos que hice en Phi Phi, al comienzo del viaje, con los que me reencontré por sorpresa en Laos y, más tarde, en Vietnam. Cuando eso sucede es mágico, porque os abrazáis como si os conocieseis de toda la vida. Aunque el momento de despedirse es un auténtico drama. ¡Qué lloreras! Cuando viajas todo se vive muy intensamente.

 

Estar sola y perderme lo recuerdo especialmente divertido. Siempre acababa comiendo con algún local, metida en sus casas, haciendo un grupo de amigos del pueblo, etc. Cuando les decía que estaba sola es como si quisieran cuidar de mí.

Haces una reflexión preciosa sobre el libro de “El principito” y cómo sus enseñanzas tienen una relación directa con cómo ve la vida un amante de los viajes. Dices que “Él cambió nuestra forma de ver el mundo. Y luego desapareció, como desaparecen muchos de los viajeros que nos cruzamos por el camino. Cada uno de ellos nos regala su historia, nos dejan huella; como lo hizo el Principito.” Qué viajero recuerdas con especial cariño y por qué?

 

Los mejores recuerdos son la gente que conoces y te ayudan sin esperar nada a cambio. En la India ningún cajero reconocía mis tarjetas y ya no me quedaba efectivo, por lo que estuve varios días rozando la indigencia. Una amiga que hice en el viaje me llamó y me puso en contacto con un chico de Delhi que había conocido unas semanas atrás. Ese chico indio resultó ser el héroe de mi viaje. Me compró un billete de tren a su casa, me alojó varios días mientras intentábamos solucionar los problemas con el cajero y me prestó 300 euros. “Cuando tengas acceso a tu cuenta ya me lo devolverás”, me dijo. ¡Y no me conocía de nada!

 

En Taiwán un chico que encontré en el aeropuerto me vio tan perdida (todo estaba en mandarín) que se ofreció a llevarme al centro de la ciudad. Al llegar me ayudó a entenderme con los del hostel y luego hizo de guía para enseñarme Tapei. Durante toda mi estancia en Taiwán estuvo pendiente de que no me pasara nada y, de la que me iba, hasta estaba dispuesto a llevarme al aeropuerto de vuelta. No, nunca tuvo ninguna otra intención. Hay gente muy maja por el mundo.

 

Igual que el grupo de indonesios que me encontré en Amed y me invitaron a una barbacoa. Lo pasamos tan bien que al día siguiente repetimos; la tarta que Dian, el guía de Borneo, me regaló por mi cumpleaños; las camboyanas con las que compartí una noche de karaoke; o el chico libanés que me vio llorando en el aeropuerto de Londres (yo estaba muy triste porque se había terminado el viaje) e hizo todo lo posible por animarme. Hoy aún sigo en contacto con todos ellos.

Viajar sola es no estar nunca sola

Hablas del social eating en tu blog. Cada vez hay más propuestas de este tipo, en las que gente que no se conoce come, conversa sobre un tema, visitan o una exposición o viajan juntos. ¿Alguna vez has viajado con un grupo de gente que no conocías? ¿Por qué crees que están apareciendo tantas opciones de este tipo en los últimos años?

 

Cuando viajas solo eso lo haces constantemente. En los 7 meses que estuve en el Sudeste Asiático comí, salí de fiesta, bailé y viajé con un montón de gente que no conocía. A la mayoría los encuentras en el hostel, en las salas comunes o en la habitación.

 

Muchos de los grupos de gente que ves en este tipo de alojamientos se han conocido recientemente, por lo que entrar en ellos es muy fácil. Igual durante tres días sois ocho viajando juntos y, aunque posiblemente no sepas ni pronunciar bien sus nombres, os creéis amigos de toda la vida. En ese momento es todo lo que tienes.

 

Aunque también los puedes conocer en lugares más extraños jeje

 

Recuerdo que en Chiang Rai me senté a tomar algo en la barra del único bar con ambiente y se me acercó un italiano que también estaba viajando solo: “Creo que estamos en la misma habitación del hostel. ¿Me puedo sentar?”, me preguntó. Cuando ya llevábamos un rato contándonos nuestras vida me dijo: “No entiendo por qué te has venido a tomar una birra a un burdel”, apuntó. Hasta ese momento yo no me había dado cuenta y me quedé flipando. ¿Esto es un burdel? Nos fuimos corriendo y muertos de risa. Al final acabamos viajando juntos durante 15 días.

 

Suele decirse que un viaje se vive 3 veces: cuando lo preparas, cuando lo haces y cuando lo recuerdas. ¿Con cuál de estos 3 momentos te quedarías?

 

Preparar es algo que odio. Soy un caos de persona. Odio llegar al sitio y no saber por dónde empezar pero, soy incapaz de organizar nada. Me sé mejor la historia y la política de un país que sus monumentos imprescindibles.

 

Me quedo con el cuando lo haces. Vivirlo es la mejor parte del viaje.

 

Los recuerdos me encantan pero me ponen muy triste. Además, nadie quiere escuchar tus aventuras cuando vuelves.

 

En Womderland decimos que si al volver de cada viaje, nada ha cambiado en ti, es que entonces no has viajado. ¿Cuál fue ese viaje que te cambió? ¿Y aquel en el que tuviste la sensación de no haber viajado?

 

Todos los viajes me han enseñado un montón de cosas. Supongo que el mejor de todos ellos fue el último. No por el destino en sí, que fueron muchos países, sino porque fueron 7 meses en los que aprendí que el lugar era menos importante que las experiencias que vives en él. Uno de los lugares donde tuve la sensación de no estar viajando fue en Bali. Me quedé unos 13 días en Canggu en un hostel que estaba apartado de todo. Allí me alquilé una moto para toda la estancia e hice mi grupo de amigos. Mi rutina era que me levantaba, me iba a la cafetería a escribir, donde ya me conocían, y de tarde me iba a los bares de la playa a reecontrarme con el grupo que había hecho. Era como estar viviendo allí, aunque fuera una estancia fugaz.

  • Un atardecer: Luang Prabang
  • Una playa: Cualquiera de El Nido, Filipinas
  • Un olor: a salitre
  • Un sabor: el de la sidra
  • Una emoción: llorar de alegría
  • Una mirada: de entendimiento
  • Una mala experiencia: que se te muera un familiar cuando estás sola en la otra parte del mundo. No hay consuelo.
  • Una persona que te ayudó: Anurag
  • Tu lugar en el mundo: Asturias
  • Un sitio al que no volver: Manila
  • Un souvenir: postales
  • Un mensaje para nuestras Womders: viajar es vivir muchas vidas en una

Aprendí que el lugar era menos importante que las experiencias que vives en él